21/6/17

Swiss Army Man

Hace un par de semanas fui a la filmo. No iba con muchas esperanzas a ver Swiss Army Man, de ella sabía lo que todo el mundo: que Daniel Radcliffe interpretaba a un soldado muerto que revive y se pasa toda la película trempado y tirándose pedos. Swiss Army Man es una película deliveradamente escatológica, con un gusto por la caca, culo, pedo, pis que harán las delicias de un espectador de tres años... Pero es también una de las películas más profundas, conmovedoras y bonitas que he visto en los últimos meses.

Paul Dano es un náufrago suicida que justo antes de colgarse en la playa observa el cuerpo de un hombre en la orilla. Consigue deshacerse de la soga y gracias a los pedos del fiambre, al que usa como lancha motora, llega al continente. Una vez allí, él y su amigo zombie irán hablando de su vida -de qué es la vida, el amor, la pasión, la tristeza, la decepción, ¿cómo se le explica eso a un muerto?- mientras intentan llegar a la civilización, a todas luces idealizada por los protagonistas. La película tiene magia, emoción,  misterio, vida, más allá de sus cacas y de sus pedos. Y Daniel Radcliffe está inmenso.


19/6/17

Orfidal y caballero


 Llevo unos días tomando ansiolíticos y me pregunto si este yo calmado que ahora se pasea por la calle es parecido al que era antes de ser diagnosticado con trastorno de ansiedad (otra vez). Mis tres últimos años, sobre todo, se han convertido en una preocupación constante y sin motivo, en una vocecilla zumbona que es la tuya propia que te dice lo horrible que es todo, sobre todo lo horrible que eres tú, por supuesto, los tres últimos años los he pasado de ataque de ansiedad a ataque de ansiedad y tiro porque me toca y con una forma de ver -de entender- la vida que bordea, cuando no entra de lleno, en la desesperanza y el miedo.

Sin embargo, desde hace unos días, me encuentro mucho mejor: pastilla por la mañana y pastilla por la noche, y soy consciente de mis problemas, de que esos siguen ahí, sigo siendo consciente de todo lo que falla en mí y a mi alrededor, que son muchas cosas, pero de repente todo se vuelve relativo, menos doloroso, más sensato. Me encuentro de mejor humor y levantarse de la cama no es un esfuerzo bárbaro como hace quince días, ni irse a dormir es un momento de pánico porque sabes que no vas a poder hacerlo. Cuando te llega una notificación del banco te suben las pulsaciones pero ya no hiperventilas. Y me pregunto, quiero decir, si este yo algo drogado que camina por la calle y  que se sienta a escribir esto es muy distinto a ese yo no drogado que sí sabía relativizar las cosas, ese que existía antes de que las malas emociones se lo comieran entero, si este es el estado de ánimo habitual de la gente, si esto es lo que debería sentir sin tener que ingerir pastillas para conseguirlo.


13/6/17

El país no millennial

La ignorancia es caprichosa. Despierto hace un par de días con varios amigos míos encendidos por un artículo escrito en El País que desprecia -diciéndolo suavemente- a los millennials, de quienes yo desconocía su existencia hasta hace unos meses, por eso, a lo mejor, de estar dentro del saco. Resulta sumamente complaciente y, a la vista, rentable despreciar a la generación sucesora sin apenas haberle echado un ojo, no se diera el caso de que cambiara nuestra opinión y descubriéramos un pastel que no hemos querido ni ver, pero no olvidemos una cosa: en este país, que es España, con todo lo que conlleva eso, la culpabilización de la víctima está al orden del día. No pasa únicamente contra aquellos que no pueden labrarse un futuro -¿os tengo que contar lo que es trabajar 40 horas por 750 euros mensuales y sin derecho a festivos remunerados como tales, o cuantificar a quiénes no han podido terminar sus estudios por la subida de tasas?-, ocurre también con todo aquello que no responde, diríamos, al punto de vista del opresor o del magnate. Cuando se tiene un despacho y el estómago lleno, no peligran ni la nevera llena ni el techo bajo el que se duerme, culpabilizar al resto del ataque sufrido es a todas luces mezquito e irresponsable pero sumamente común, compartido y hasta admirado. ¡Ay, qué lejos están, por otro lado, los días en que uno podía salir a una terraza a leer El País sin sentir vergüenza!

12/6/17

Como la espuma

No creo que Como la espuma (Roberto Pérez Toledo, 2017) sea la película del año y una de las cosas que más me gusta de ella es que ni lo pretende, y que desde esa honestidad consigue hacer pasar un buen rato sin más voluntad que la de hacerte reír o, por lo menos, entretenerte de la mejor manera posible, sin milongas ni vendiéndote la moto. 


La película ocurre en una vieja mansión en la que bien podría haber ocurrido una película de terror. Milo y Gus, una extraña pareja, llegan a primera hora de la mañana discutiendo. Milo es un hombre amargado que va en silla de ruedas, tuvo un accidente que lo dejó paralítico y se niega la felicidad a sí mismo. Sin embargo, Gus decide, a última hora, que ya está bien de tonterías y con la ayuda de Camila, una amiga pizpireta, le organiza una fiesta de cumpleaños que pronto se les va de las manos: a la casa empiezan a llegar personajes de todo pelaje y condición, con muy poca ropa. En las orgías ocurre de todo, basta con haber estado en una para saberlo: lo hay quienes quieren tocar todo lo que se mueve, quienes piensan que mirar es participar -ahí John Cameron Mitchell estuvo más acertado-, los que querrían participar y no se atreven o los que no consiguen dejar de ir a ellas aunque quisieran. Como en cualquier película coral, a cada uno le sentarán mejor que otras las distintas historias que se cuentan. A saber, para mí, lo bien que funciona la química entre Javier Ballesteros, como la transexual que la lía parda, y el ¿heterocurioso? en pleno subidón encarnado por Miguel Diosdado, la contención dramática y el buen hacer de Pepe Ocio y Maria Cotiello como el matrimonio que asiste allí para salvar in extremis su matrimonio (y, de paso, ¡lo bien que funciona Pepe Ocio con un Jonás Beramí que cómo lo mira!) o la revelación absoluta de la cinta: un Álex Villazán que, diríamos, en unos años, debería estar comiéndose el mundo.

Creo que es una película ideal para el verano: es ligera, es fresquita, a veces políticamente incorrecta, dura una hora y media y te hace reír a menudo. Aunque no sea la mejor película del año. Y es que tampoco le hace falta.
Y eso ya es mucho, mucho más de lo que he visto últimamente en cines.





28/5/17

35 años. Me parece algo extraño no por la edad, más bien porque tengo la sensación de haber pasado los últimos cinco como en un agujero. De los treinta hasta ahora es como si no hubiera ocurrido gran cosa, más bien como si no hubiera ocurrido nada. Los cangrejos van hacia atrás pero yo ni eso, sin embargo he avanzado pero no me he movido del sitio. Como cuando Alicia corría y corría y jamás se movía.

Realmente, 35 años me parecen una cifra muy alta para todos mis logros. Quizá cuando iba al instituto pensaba -o más bien daba por sentado-, que cuando hubiera llegado hasta aquí ya tendría un trabajo estable, que entendería y haría bien aunque no fuera precisamente el trabajo de mi vida. Y que ese trabajo me daría las oportunidades suficientes para sustentarme y viajar. Puede, incluso, que a mis 35  hubiera encontrado una pareja estable con la que llevase algún tiempo compartiendo piso. Y durante años, hasta los 30, parecía que las cosas iban bien. Luego vino la subida del IVA, el apagón y el despido; me fui a Londres, regresé, me diagnosticaron TAG, me dejé parte de los ahorros en ponerme bien, fui picoteando de trabajos por debajo del sueldo mínimo interprofesional con los que terminé de gastarlos, conseguí un trabajo que no me da para vivir fuera de casa de mis padres, ni para viajar, ni para estudiar. Es como si, de pronto, mi vida hubiera quedado interrumpida en un momento en que, más que nunca, lo que necesito -lo que necesita alguien de mi edad- es volar alto.

Algo muy malo ocurre dentro de un país cuando la gente en mitad de la treintena sigue viviendo en casa de sus padres y no tiene oportunidades para fomar una familia, sea en pareja o en solitario. Las políticas cortoplacistas y estúpidas de los gobiernos de izquierda y derecha no se dan cuenta de lo que se nos viene encima, o sí y les da igual porque saben que a ellos no les va a salpicar. Y aunque no tengo a la española como una sociedad civilizada ni avanzada en según qué aspectos -la tauromaquia, la memoria histórica, la corrupción-, a veces me alivia saber que a nadie se le ha ocurrido la idea de hacerlo volar todo por los aires.

35 años. Con esta edad publicaré mi cuarta novela y estrenaré mi primer largometraje, producido, escrito y dirigido con Richard García. Puede que después del despido haya tenido que volver a casa de mis padres, que en ocasiones tenga la sensación de que me estoy volviendo loco, puede incluso que no entienda el comportamiento de la gente porque no me da la gana hacerlo. 35 años.

1/12/16

Grabada en condiciones espartanas por motivos de presupuesto a lo largo de 12 días en diversas localizaciones de Islandia, Grímsey se ha convertido para Richard (su protagonista, co-guionista y co-director) y para mí en algo más que una película. Grímsey no ha sido terapéutica -la creación nunca lo es, sino que plantea más preguntas que respuestas- aunque sí nos ha ayudado a ver las cosas de otra manera.
Cuando de pequeño me preguntaban que quería ser de mayor siempre contestaba que quería escribir libros y hacer películas, y siempre me decían que tenía la cabeza llena de pájaros y que, con el tiempo, ya se me pasaría semejante estupidez. Pero nunca ha sido así. Contar historias no es, de lejos, lo más importante de mí vida pero quizá sí sea una con la que más disfruto. De lo contrario, no lo haría. No me habría pasado seis horas filmando debajo de la lluvia en el círculo polar para grabar una escena de minuto y medio, por ejemplo. Pero no tenía otra opción.
Ahora sé que aunque me dieran la oportunidad de volver atrás, Grímsey estará siempre ahí. Si me dicen ahora mismo que me voy a ir a Islandia a rodar Grímsey casi sin dinero, casi sin equipo, sin saber exactamente con qué me iba a encontrar, me subía en el avión sin pensármelo dos veces. Hay muchas cosas en juego, como la de mirarse en el espejo y saber que has luchado todo lo que has podido por ser la persona que quieres ser. Aunque te digan que tienes la cabeza llena de pájaros. Y sí, aún me quedan muchas otras cosas por hacer.

Una de las grandes ironías que nos toca vivir es que nunca llegaremos a ser quienes realmente queremos, pero el truco está en, al menos, acercarse.

17/9/16

El otro día recibí un mensaje: <<Solo quiero decirte que espero que, si alguna vez tienes la tentación de escribir sobre mí, no lo hagas>>. La gente, mucha gente, piensa que su vida es susceptible de ser novelada o escrita en un guión. Se equivocan. Ni siquiera la mía lo es, y eso que escribo y podría sacar de mi propia vida un montón de cosas. La inspiración siempre la he encontrado en otros lugares. Nunca he necesitado inspirarme en una persona para escribir un libro, o un guión. Lo más gracioso de todo es que la vida de la persona del mensaje en cuestión es una vida bastante gris, pero supongo que estamos en un momento en que hemos empezado a vivir más la vida que tenemos en internet que la vida que tenemos cuando no nos encontramos delante del ordenador. Y da la casualidad de que a mí las redes sociales me aburren muchísimo. Quizá sean ciertos los estudios que determinan que las personas que se pasan todo el día colgando selfies tienen un problema. No me cabe duda. A menudo pensamos que nuestras vidas o nuestras experiencias son únicas pero que, sin embargo, pueden ayudar a los demás que están en una situación parecida pero es mentira: no sirven absolutamente de nada. Por mi parte estoy cansado de todo ese narcisismo, de toda ese querer llamar la atención. "No escribas sobre mi vida". No pensaba hacerlo. Hay vidas a mi alrededor muchísimo más interesantes, y ninguna de ellas las usé para ganar un premio literario o levantar dos películas (Grímsey, que ya está rodada, y la adaptación de mi primera novela, que ya está escrita para la productora que compró los derechos). Resulta que a mí, como a muchísimos más que no lo dicen, a lo mejor, porque nadie les hace caso o es bastante de Perogrullo, lo que me interesa de las vidas que me parecen interesantes es vivir junto a ellas.