Verdaderamente uno es bueno escribiendo en las distancias cortas: no puedo escribir sobre aquello que no conozco. No sobre los tíos a los que no me he tirado ni sobre las drogas que no he probado, ni sobre ciudades en las que no he estado ni culturas que desconozco. Soy totalmente consciente de mis limitaciones como autor -nunca podré escribir una novela de ciencia-ficción a menos que los elementos fantásticos sean meros pretextos para desarrollar el tipo de historias que desarrollo normalmente- pero no las lamento.
Salvo en contadas ocasiones. Y no porque se encuentren, entre mis principales ambiciones, la de escribir por fin una de esas novelas que nadie reconocerá leer y que sin embargo copan las listas de ventas de cualquier país (dícese sagas de dudosa calidad literaria como Crepúsculo pero que algo tendrán cuando son tan leídas): Lo que ocurre es que a veces me doy cuenta de que a la hora de crear algún personaje me he quedado corto en mis pretensiones.
Ahora podría hacer de Animales heridos un libro más cruel, más certero y de mayor autoridad. Pero ya está cerrado y nunca vuelvo sobre mis escritos una vez dado el punto y final. Y ya me cuesta bastante.
No soy mucho de ver el televisor -cambiando de tema- pero con el escándalo de Iñaki Urdangarín la verdad es que no me despego del sofá a la hora de las noticias y de los debates políticos. No me explico por qué, y reconozco que es una estupidez seguirlo tan fervientemente, pero estoy totalmente fascinado con el asunto.
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