18/9/15

Llamemos las cosas por su nombre. Hace dos años dejé de escribir. Hace un año empecé a tratarme un trastorno de ansiedad generalizada. El trastorno de ansiedad generaliza no es sentirse nervioso cuando se acerca la temporada de exámenes o cuando el jefe te aprieta las tuercas en el trabajo. El trastorno de ansiedad generalizada te impide coger el tren, tomarte un café, ir al cine; estás permanentemente preocupado; te sientes cada vez más cansado. Eso en la superfície. Hace un año era una persona que en lo único que pensaba era en tirarse al tren para acabar con todo esto. Siete segundos –como la canción– era el tiempo que tardaría el levantarme del banco, cruzar el andén y terminar debajo del convoy. El día que fui a pedir cita en un especialista fue uno de los días que más vergüenza habré pasado en mi vida, pero afortunadamente gracias a ese día estoy aquí hoy. Supongo.

Llamemos las cosas por su nombre. No hay nada romántico en la depresión. La depresión no es levantarse triste un día que llueve. Un libro no puede salvarte de estar deprimido, ni ahorrarte un dinero en psicólogos. Puede ayudarte a organizar tus pensamientos pero nada más. No hay que darle un valor o una utilidad que no tiene. Es arriesgado e incierto.

Llamamos las cosas por su nombre. Aún no tengo el alta. Pero he hecho un esfuerzo tan grande en cambiar mi vida y en dejar toda esa mierda atrás que merece la pena reabrir de nuevo este sitio y seguir expresándome.