2/10/15

Hace unas semanas me encontré en una tienda de segunda mano un ejemplar de "La aldea de las viudas" de mi amigo James Cañon. Corrí a comprarlo porque seguro que a James le haría ilusión conservarlo -¡un libro fuera de circuito! ¡revendido! Uno no es un autor publicado del todo hasta que no encuentra uno de sus libros en una tienda de segunda mano– y a mí me encantó la idea de encontrarlo allí, entre tantos libros. La gente los lleva a la tienda y ahí los deja, como a un perro en la cuneta. Yo siempre he pensado que quien se desprende de un libro de esa manera se desprende de una parte de sí mismo sin importarle lo más mínimo. Pero el caso no es lo que yo piense. Es que el libro de James estaba dedicado. ¡Un libro dedicado por el autor, en una tienda de segunda mano, cuyo autor es amigo mío! La gracia de todo es que sé quién ha dejado el libro ahí... porque la dedicatoria estaba a nombre de una persona que conocí... y a la que yo mismo le regalé el libro. La vida tiene círculos muy pequeños, al fin y al cabo. El libro, por cierto, se lo acabé regalando a Antonina. La dedicatoria de James sigue ahí, para qué le vamos a arrancar la página.