21/10/15


Y al festival de cine de Sitges que nos fuimos el fin de semana. Conclusión: tengo unos amigos muy frikis. Y tengo unos amigos con unas ganas de fiesta como los de un veinteañero. Y yo, que ya no soy persona si no duermo seis horas, aún acumulo el cansancio. Con lo que me gustaba a mí cerrar los bares. 

Vimos Love, de Gaspar Noé. Que no nos gustó. Un dramón con un par de escenas de sexo que se había vendido como cine porno de arte y ensayo, claro que hay películas que van mucho más lejos sin necesidad de montar un circo alrededor de la cinta en sí misma. El mismo día vimos La cara de un ángel, de Winterbottom, de la que no sabíamos nada excepto que era una película de Winterbottom y que sí que nos gustó y mucho, aunque estábamos muy cansados y a ese director siempre es mejor mirarle despejado. Unos días más tarde vimos Victoria, que no acabamos de entender del todo aunque la película estaba bastante clara. Me cuesta mucho mantener la atención de una película sobrepasados los 90 minutos, y no por influencia televisiva: soy demasiado despistado como para ver una serie de televisión entera, así que no me vale eso de que me he acostumbrado a que me cuenten una historia en 45 minutos. El resto del tiempo lo pasamos en el Montroig comiendo hamburguesas, gofres de chocolate caliente y nada e intentando ligar con el camarero de turno que nunca nos hacía caso excepto cuando consideraba que necesitábamos más café. Yo me quise comprar un par de rarezas en DVD en las paraditas, pero fui a sacar dinero y olvidé la tarjeta en el cajero así que no pude comprármelos. El año que viene quiero ir a Sitges habiendo perdido algunos kilos, que desde que no entreno y me dedico a comer todo lo que se pone por delante he engordado un poco –dejémoslo en poco, no hay que ser cruel con uno mismo–. Quiero ir a la playa y quitarme de encima este blanco nuclear: podría anunciar una marca de lejía. 

Eso sí, esta vez no pudimos colarnos en ninguna fiesta.