1/12/16

Grabada en condiciones espartanas por motivos de presupuesto a lo largo de 12 días en diversas localizaciones de Islandia, Grímsey se ha convertido para Richard (su protagonista, co-guionista y co-director) y para mí en algo más que una película. Grímsey no ha sido terapéutica -la creación nunca lo es, sino que plantea más preguntas que respuestas- aunque sí nos ha ayudado a ver las cosas de otra manera.
Cuando de pequeño me preguntaban que quería ser de mayor siempre contestaba que quería escribir libros y hacer películas, y siempre me decían que tenía la cabeza llena de pájaros y que, con el tiempo, ya se me pasaría semejante estupidez. Pero nunca ha sido así. Contar historias no es, de lejos, lo más importante de mí vida pero quizá sí sea una con la que más disfruto. De lo contrario, no lo haría. No me habría pasado seis horas filmando debajo de la lluvia en el círculo polar para grabar una escena de minuto y medio, por ejemplo. Pero no tenía otra opción.
Ahora sé que aunque me dieran la oportunidad de volver atrás, Grímsey estará siempre ahí. Si me dicen ahora mismo que me voy a ir a Islandia a rodar Grímsey casi sin dinero, casi sin equipo, sin saber exactamente con qué me iba a encontrar, me subía en el avión sin pensármelo dos veces. Hay muchas cosas en juego, como la de mirarse en el espejo y saber que has luchado todo lo que has podido por ser la persona que quieres ser. Aunque te digan que tienes la cabeza llena de pájaros. Y sí, aún me quedan muchas otras cosas por hacer.

Una de las grandes ironías que nos toca vivir es que nunca llegaremos a ser quienes realmente queremos, pero el truco está en, al menos, acercarse.